A veces me da la sensación de que vivo en una burbuja
Acabo de bajarme del autobús. El trayecto ha terminado, pero no recuerdo haberlo vivido. Sé que he estado allí, sé que he mirado por la ventana, sé que he pensado cosas… pero es como si no hubiera sido yo quien estaba sentado en ese asiento.
Camino por la calle y observo mis propios pasos. Mis piernas se mueven, esquivo a la gente, cruzo cuando el semáforo se pone en verde. Todo funciona. Todo encaja. Pero hay algo extraño: parece que no soy yo quien lo hace. Es como si estuviera viendo una película en primera persona.
A veces siento que vivo dentro de una burbuja.
No es una burbuja física, claro. Es una distancia invisible entre lo que ocurre y lo que siento. Como si mi vida avanzara sola y yo simplemente la estuviera presenciando desde un segundo plano.
No es tristeza exactamente. Tampoco es felicidad. Es una especie de desconexión suave, casi elegante. El mundo sigue su curso y yo cumplo con lo que se espera: llego a los sitios, respondo mensajes, tomo decisiones. Pero hay momentos en los que me pregunto quién está tomando realmente esas decisiones.
¿Soy yo?
¿O soy la versión automática de mí?
Quizá vivimos demasiado rápido. Quizá hemos aprendido a funcionar antes que a sentir. Nos levantamos, nos movemos, producimos, avanzamos. Y en ese avance constante, a veces olvidamos habitarnos.
Tal vez esta burbuja no sea un error, sino una señal. Una pausa involuntaria. Un recordatorio de que algo dentro quiere ser escuchado.
Porque cuando me siento espectador de mi propia vida, en el fondo no estoy dejando de vivir. Estoy tomando conciencia de algo que normalmente pasa desapercibido: que existir no siempre es lo mismo que estar presente.
Y quizá el primer paso para romper la burbuja no sea salir corriendo, sino detenerse. Respirar. Sentir los pies contra el suelo. Notar el aire en la cara. Recordar que este cuerpo soy yo. Que esta vida, aunque a veces parezca ajena, realmente me pertenece.