Tito Bruno
Sinestesia háptica de lo intangible
Aquellas tardes de verano
Ago 4, 2026
Esta tarde he visto a una niña jugando delante de una casa en la que nunca hay niños.
Y he pensado que seguramente está pasando el verano en casa de sus abuelos.
No sé por qué lo he pensado con tanta seguridad. Quizá porque así eran los veranos antes. Los niños aparecían de repente en pueblos y urbanizaciones tranquilas, como si el calor los trajera consigo. Llegaban a finales de junio y desaparecían en septiembre, cuando el mundo volvía a funcionar con prisas y horarios.
Ella jugaba como juegan los niños en verano: sin mirar la hora.
Porque cuando eres pequeño, el verano no tiene lunes ni jueves ni domingos.
Solo tiene tardes.
Tardes largas, lentas e interminables.
Tardes que parecían no acabarse nunca.
Recuerdo el ruido de las persianas bajadas a medias para que no entrara el sol de las cuatro. El olor de la comida recién hecha mezclándose con el calor que subía del asfalto. El sonido constante de las chicharras, como si estuvieran sujetando el verano con su canto para que no se escapara.
Recuerdo las siestas obligatorias que uno odiaba y que ahora pagaría por recuperar.
Recuerdo esperar dos horas después de comer para poder bañarme, como si aquella norma fuera una ley de la naturaleza tan inmutable como la gravedad.
Dos horas eternas.
Dos horas mirando el reloj, preguntando cada quince minutos cuánto faltaba.
Y cuando por fin llegaba el momento, la felicidad consistía únicamente en tirarse al agua.
No hacía falta nada más.
Había helados que sabían mejor que cualquier postre del mundo.
Había sandías cortadas en la cocina.
Había polos que goteaban por las manos y nadie parecía darle demasiada importancia.
Te dejaban pedir uno más.
Te dejaban quedarte un poco más en la calle.
Te dejaban acostarte más tarde porque, al fin y al cabo, mañana también era verano.
Y las casas de los abuelos…
Qué lugar tan extraño y maravilloso eran aquellas casas.
Los muebles antiguos.
Las fotografías en blanco y negro.
Los armarios que olían distinto.
Los ventiladores que giraban lentamente mientras removían el aire caliente.
Las sábanas frescas.
Las persianas de madera.
Los vasos de agua que sabían mejor que en cualquier otro sitio.
No eran casas modernas.
No eran casas perfectas.
Pero tenían algo que ninguna otra casa ha vuelto a tener.
Tenían tiempo.
Allí las horas caminaban despacio.
Nadie tenía prisa.
Nadie consultaba el móvil.
Los adultos hablaban después de comer mientras uno jugaba cerca, construyendo recuerdos sin saberlo.
Y eso era la felicidad.
No la felicidad extraordinaria de los grandes momentos.
Sino la felicidad sencilla y silenciosa de no tener ninguna preocupación.
Ahora el verano sigue existiendo, pero ha cambiado de significado.
Antes era un territorio infinito.
Ahora es un paréntesis entre responsabilidades.
Antes daba igual qué día de la semana fuera.
Ahora sabemos perfectamente si es jueves o domingo, porque el lunes siempre espera a la vuelta de la esquina.
Quizá por eso me ha emocionado tanto ver a aquella niña jugando esta tarde.
Porque durante unos segundos he recordado que hubo un tiempo en el que mi única obligación consistía en ponerme crema solar, esperar dos horas antes de bañarme y volver a casa cuando empezaban a encenderse las farolas.
Y, sinceramente, no sé si alguna vez hemos vuelto a ser tan ricos como entonces.
Éramos dueños de algo que los adultos llevamos toda la vida intentando recuperar.
Teníamos veranos interminables.
Y ni siquiera lo sabíamos.
Un adulto irresponsable
Jun 10, 2026
Echo de menos ser un adulto irresponsable
Cada vez estoy más convencido de una cosa:
Era más feliz cuando era un adulto irresponsable.
Ya está. Lo he dicho.
Sé que no queda bien reconocerlo. Sé que se supone que la historia correcta es otra. Se supone que uno madura, aprende disciplina, construye hábitos saludables, mantiene la casa ordenada, planifica el futuro y, gracias a todo eso, alcanza una vida mejor.
Pero yo no estoy tan seguro.
Cuando tenía veinte años era bastante irresponsable.
Me acostaba tarde.
Me levantaba tarde.
Pasaba demasiadas horas jugando al ordenador.
Comía peor de lo que debería.
Salía más de la cuenta.
No tenía una rutina especialmente admirable y probablemente cualquier versión actual de mí mismo me habría dado una charla sobre productividad, salud y gestión del tiempo.
Y sin embargo…
Creo que era más feliz.
No digo que todo fuera mejor. Hay cosas que claramente no echo de menos. El cuerpo acaba recordándote que sobrevivir a base de comida basura y dormir poco no es un plan sostenible. Algunas lecciones se aprenden porque literalmente empiezan a doler.
Pero hay algo que sí echo de menos.
La capacidad de disfrutar sin sentir culpa.
No sé en qué momento ocurre.
No sé si viene con la edad, con las responsabilidades o con las facturas.
Pero un día descubres que ya no estás descansando.
Estás gestionando descansos.
Te sientas a jugar una partida y una voz aparece en tu cabeza.
«Podrías estar limpiando la cocina.»
Te tumbas veinte minutos para echar una siesta.
«Podrías estar limpiando el baño.»
Te quedas mirando una serie.
«Podrías estar adelantando trabajo para mañana.»
Siempre hay algo.
Siempre existe una tarea pendiente observándote desde algún rincón de la mente.
Y lo peor es que muchas veces ni siquiera es una tarea urgente.
Simplemente existe.
Como una notificación permanente que nunca desaparece.
Antes jugaba al ordenador durante horas y no sentía que estuviera desperdiciando el tiempo.
Ahora juego una hora y media y siento que tengo que justificarla ante un tribunal imaginario compuesto por mi yo adulto.
¿Qué ha pasado?
¿En qué momento la productividad se convirtió en una especie de religión?
¿Por qué una cocina limpia produce más satisfacción moral que una tarde haciendo algo que realmente te gusta?
¿Por qué dormir una siesta parece una falta leve contra el orden establecido?
A veces tengo la sensación de que he cambiado libertad por eficiencia.
Y que el intercambio no fue tan bueno como me prometieron.
Porque sí, ahora soy más responsable.
La ropa está limpia.
Las facturas están pagadas.
La casa funciona.
Mi vida es objetivamente más estable.
Pero también paso una cantidad sorprendente de tiempo preocupado por cosas que hace diez años ni siquiera existían en mi universo mental.
Antes tenía problemas reales.
Ahora tengo problemas reales y una lista de tareas.
Quizá la madurez consiste precisamente en eso.
En aprender que siempre habrá algo pendiente.
Que la cocina nunca estará perfectamente recogida para siempre.
Que el baño volverá a ensuciarse.
Que siempre existirá otro correo, otra obligación, otro asunto que resolver.
Y quizá la verdadera irresponsabilidad no era jugar durante cinco horas seguidas.
Quizá la verdadera irresponsabilidad era permitirse ser feliz sin pedir permiso.
Lo que echo de menos no es acostarme a las cuatro de la mañana.
No es la comida basura.
No son las resacas.
Lo que echo de menos es que las cosas que me gustaban me gustaban sin más.
Sin culpa.
Sin cálculo.
Sin la sensación constante de que debería estar haciendo algo más útil.
A veces fantaseo con volver a ser un adulto irresponsable.
No para destruir mi vida.
No para abandonar mis obligaciones.
Solo para recuperar esa capacidad de sentarme un martes cualquiera a hacer algo completamente inútil y disfrutarlo sin que una parte de mi cerebro me recuerde que todavía queda detergente por comprar.
Y cuanto más lo pienso, más sospecho que la felicidad no estaba en la irresponsabilidad.
La felicidad estaba en que todavía no había aprendido a preocuparme por todo.
Un día perdido
Jun 8, 2026
La sensación de haber perdido el día
Hay una tristeza extraña que no llega después de una tragedia ni de una mala noticia. Llega después de un martes cualquiera.
Es de noche. Estoy en la cama antes de lo habitual. La habitación está en silencio, salvo por el zumbido ocasional de unos mosquitos que han decidido reunirse alrededor de la lámpara como si estuvieran celebrando algo. No sé qué celebran. Yo desde luego no tengo nada que celebrar hoy.
Ha sido un día largo.
No de esos días que uno recuerda porque ocurrieron muchas cosas, sino de esos días que parecen durar más de lo que les corresponde. Horas y horas de trabajo, tareas acumulándose, una sensación constante de retraso, de ir siempre unos pasos por detrás de lo que debería estar haciendo.
Y entonces ocurrió algo curioso: me enfadé.
Me enfadé mucho.
Pero no con algo que hubiera sucedido realmente. Me enfadé con versiones imaginarias del futuro. Con conversaciones que nunca ocurrieron. Con problemas que nunca llegaron. Mi cabeza construyó escenarios completos, les puso decorados, personajes y diálogos, y después reaccionó ante ellos como si fueran reales.
Es fascinante la capacidad que tiene la mente para fabricar sufrimiento con materiales completamente imaginarios.
Cuando terminé de trabajar salí a caminar.
Intenté escuchar algún podcast para distraerme, pero todos me parecían insoportables. No porque fueran malos. Probablemente eran los mismos podcasts de siempre. El problema era yo.
Cada voz me irritaba.
Cada tema me parecía irrelevante.
Cada intento de entretenimiento chocaba contra una especie de muro invisible.
Así que apagué todo.
Y seguí caminando.
Solo escuchaba mis pasos y el ruido lejano de la ciudad. Durante un rato pensé que aquel silencio me ayudaría a ordenar las cosas. Lo único que hizo fue dejarme a solas conmigo mismo.
Después vino la rutina.
La ducha.
El perro.
La cena.
Pequeños rituales cotidianos que normalmente sirven para cerrar el día y que hoy parecían simplemente una lista de tareas más.
Intenté jugar un rato al ordenador. No había nadie conectado.
O quizá sí, pero no quien yo esperaba encontrar.
Y de pronto me encontré aquí.
En la cama.
Demasiado cansado para seguir despierto.
Demasiado despierto para sentirme en paz.
Lo peor no es el cansancio.
Lo peor es la sensación de haber desperdiciado el día.
Porque si alguien me preguntara qué he hecho hoy, tendría respuestas. He trabajado. He caminado. He sacado al perro. He cumplido con mis responsabilidades.
Y sin embargo, cuando intento recordar el día, siento que se me ha escapado entre los dedos.
Como agua.
Como arena.
Como algo que estaba vivo esta mañana y que ahora ya no existe.
Quizá eso es hacerse mayor.
Empezar a medir el tiempo no por las horas que pasan, sino por las cosas que consiguen quedarse contigo.
Y hoy no siento que se haya quedado nada.
Solo agotamiento.
Solo una tristeza suave pero persistente.
Solo la incómoda sensación de que mañana sonará el despertador y volveremos a empezar.
Supongo que hay días que no están hechos para ser vividos.
Están hechos para ser sobrevividos.
Y quizá eso también cuenta.