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Echo de menos ser un adulto irresponsable

Cada vez estoy más convencido de una cosa:

Era más feliz cuando era un adulto irresponsable.

Ya está. Lo he dicho.

Sé que no queda bien reconocerlo. Sé que se supone que la historia correcta es otra. Se supone que uno madura, aprende disciplina, construye hábitos saludables, mantiene la casa ordenada, planifica el futuro y, gracias a todo eso, alcanza una vida mejor.

Pero yo no estoy tan seguro.

Cuando tenía veinte años era bastante irresponsable.

Me acostaba tarde.

Me levantaba tarde.

Pasaba demasiadas horas jugando al ordenador.

Comía peor de lo que debería.

Salía más de la cuenta.

No tenía una rutina especialmente admirable y probablemente cualquier versión actual de mí mismo me habría dado una charla sobre productividad, salud y gestión del tiempo.

Y sin embargo…

Creo que era más feliz.

No digo que todo fuera mejor. Hay cosas que claramente no echo de menos. El cuerpo acaba recordándote que sobrevivir a base de comida basura y dormir poco no es un plan sostenible. Algunas lecciones se aprenden porque literalmente empiezan a doler.

Pero hay algo que sí echo de menos.

La capacidad de disfrutar sin sentir culpa.

No sé en qué momento ocurre.

No sé si viene con la edad, con las responsabilidades o con las facturas.

Pero un día descubres que ya no estás descansando.

Estás gestionando descansos.

Te sientas a jugar una partida y una voz aparece en tu cabeza.

«Podrías estar limpiando la cocina.»

Te tumbas veinte minutos para echar una siesta.

«Podrías estar limpiando el baño.»

Te quedas mirando una serie.

«Podrías estar adelantando trabajo para mañana.»

Siempre hay algo.

Siempre existe una tarea pendiente observándote desde algún rincón de la mente.

Y lo peor es que muchas veces ni siquiera es una tarea urgente.

Simplemente existe.

Como una notificación permanente que nunca desaparece.

Antes jugaba al ordenador durante horas y no sentía que estuviera desperdiciando el tiempo.

Ahora juego una hora y media y siento que tengo que justificarla ante un tribunal imaginario compuesto por mi yo adulto.

¿Qué ha pasado?

¿En qué momento la productividad se convirtió en una especie de religión?

¿Por qué una cocina limpia produce más satisfacción moral que una tarde haciendo algo que realmente te gusta?

¿Por qué dormir una siesta parece una falta leve contra el orden establecido?

A veces tengo la sensación de que he cambiado libertad por eficiencia.

Y que el intercambio no fue tan bueno como me prometieron.

Porque sí, ahora soy más responsable.

La ropa está limpia.

Las facturas están pagadas.

La casa funciona.

Mi vida es objetivamente más estable.

Pero también paso una cantidad sorprendente de tiempo preocupado por cosas que hace diez años ni siquiera existían en mi universo mental.

Antes tenía problemas reales.

Ahora tengo problemas reales y una lista de tareas.

Quizá la madurez consiste precisamente en eso.

En aprender que siempre habrá algo pendiente.

Que la cocina nunca estará perfectamente recogida para siempre.

Que el baño volverá a ensuciarse.

Que siempre existirá otro correo, otra obligación, otro asunto que resolver.

Y quizá la verdadera irresponsabilidad no era jugar durante cinco horas seguidas.

Quizá la verdadera irresponsabilidad era permitirse ser feliz sin pedir permiso.

Lo que echo de menos no es acostarme a las cuatro de la mañana.

No es la comida basura.

No son las resacas.

Lo que echo de menos es que las cosas que me gustaban me gustaban sin más.

Sin culpa.

Sin cálculo.

Sin la sensación constante de que debería estar haciendo algo más útil.

A veces fantaseo con volver a ser un adulto irresponsable.

No para destruir mi vida.

No para abandonar mis obligaciones.

Solo para recuperar esa capacidad de sentarme un martes cualquiera a hacer algo completamente inútil y disfrutarlo sin que una parte de mi cerebro me recuerde que todavía queda detergente por comprar.

Y cuanto más lo pienso, más sospecho que la felicidad no estaba en la irresponsabilidad.

La felicidad estaba en que todavía no había aprendido a preocuparme por todo.

Tito Bruno
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