La sensación de haber perdido el día
Hay una tristeza extraña que no llega después de una tragedia ni de una mala noticia. Llega después de un martes cualquiera.
Es de noche. Estoy en la cama antes de lo habitual. La habitación está en silencio, salvo por el zumbido ocasional de unos mosquitos que han decidido reunirse alrededor de la lámpara como si estuvieran celebrando algo. No sé qué celebran. Yo desde luego no tengo nada que celebrar hoy.
Ha sido un día largo.
No de esos días que uno recuerda porque ocurrieron muchas cosas, sino de esos días que parecen durar más de lo que les corresponde. Horas y horas de trabajo, tareas acumulándose, una sensación constante de retraso, de ir siempre unos pasos por detrás de lo que debería estar haciendo.
Y entonces ocurrió algo curioso: me enfadé.
Me enfadé mucho.
Pero no con algo que hubiera sucedido realmente. Me enfadé con versiones imaginarias del futuro. Con conversaciones que nunca ocurrieron. Con problemas que nunca llegaron. Mi cabeza construyó escenarios completos, les puso decorados, personajes y diálogos, y después reaccionó ante ellos como si fueran reales.
Es fascinante la capacidad que tiene la mente para fabricar sufrimiento con materiales completamente imaginarios.
Cuando terminé de trabajar salí a caminar.
Intenté escuchar algún podcast para distraerme, pero todos me parecían insoportables. No porque fueran malos. Probablemente eran los mismos podcasts de siempre. El problema era yo.
Cada voz me irritaba.
Cada tema me parecía irrelevante.
Cada intento de entretenimiento chocaba contra una especie de muro invisible.
Así que apagué todo.
Y seguí caminando.
Solo escuchaba mis pasos y el ruido lejano de la ciudad. Durante un rato pensé que aquel silencio me ayudaría a ordenar las cosas. Lo único que hizo fue dejarme a solas conmigo mismo.
Después vino la rutina.
La ducha.
El perro.
La cena.
Pequeños rituales cotidianos que normalmente sirven para cerrar el día y que hoy parecían simplemente una lista de tareas más.
Intenté jugar un rato al ordenador. No había nadie conectado.
O quizá sí, pero no quien yo esperaba encontrar.
Y de pronto me encontré aquí.
En la cama.
Demasiado cansado para seguir despierto.
Demasiado despierto para sentirme en paz.
Lo peor no es el cansancio.
Lo peor es la sensación de haber desperdiciado el día.
Porque si alguien me preguntara qué he hecho hoy, tendría respuestas. He trabajado. He caminado. He sacado al perro. He cumplido con mis responsabilidades.
Y sin embargo, cuando intento recordar el día, siento que se me ha escapado entre los dedos.
Como agua.
Como arena.
Como algo que estaba vivo esta mañana y que ahora ya no existe.
Quizá eso es hacerse mayor.
Empezar a medir el tiempo no por las horas que pasan, sino por las cosas que consiguen quedarse contigo.
Y hoy no siento que se haya quedado nada.
Solo agotamiento.
Solo una tristeza suave pero persistente.
Solo la incómoda sensación de que mañana sonará el despertador y volveremos a empezar.
Supongo que hay días que no están hechos para ser vividos.
Están hechos para ser sobrevividos.
Y quizá eso también cuenta.