Esta tarde he visto a una niña jugando delante de una casa en la que nunca hay niños.
Y he pensado que seguramente está pasando el verano en casa de sus abuelos.
No sé por qué lo he pensado con tanta seguridad. Quizá porque así eran los veranos antes. Los niños aparecían de repente en pueblos y urbanizaciones tranquilas, como si el calor los trajera consigo. Llegaban a finales de junio y desaparecían en septiembre, cuando el mundo volvía a funcionar con prisas y horarios.
Ella jugaba como juegan los niños en verano: sin mirar la hora.
Porque cuando eres pequeño, el verano no tiene lunes ni jueves ni domingos.
Solo tiene tardes.
Tardes largas, lentas e interminables.
Tardes que parecían no acabarse nunca.
Recuerdo el ruido de las persianas bajadas a medias para que no entrara el sol de las cuatro. El olor de la comida recién hecha mezclándose con el calor que subía del asfalto. El sonido constante de las chicharras, como si estuvieran sujetando el verano con su canto para que no se escapara.
Recuerdo las siestas obligatorias que uno odiaba y que ahora pagaría por recuperar.
Recuerdo esperar dos horas después de comer para poder bañarme, como si aquella norma fuera una ley de la naturaleza tan inmutable como la gravedad.
Dos horas eternas.
Dos horas mirando el reloj, preguntando cada quince minutos cuánto faltaba.
Y cuando por fin llegaba el momento, la felicidad consistía únicamente en tirarse al agua.
No hacía falta nada más.
Había helados que sabían mejor que cualquier postre del mundo.
Había sandías cortadas en la cocina.
Había polos que goteaban por las manos y nadie parecía darle demasiada importancia.
Te dejaban pedir uno más.
Te dejaban quedarte un poco más en la calle.
Te dejaban acostarte más tarde porque, al fin y al cabo, mañana también era verano.
Y las casas de los abuelos…
Qué lugar tan extraño y maravilloso eran aquellas casas.
Los muebles antiguos.
Las fotografías en blanco y negro.
Los armarios que olían distinto.
Los ventiladores que giraban lentamente mientras removían el aire caliente.
Las sábanas frescas.
Las persianas de madera.
Los vasos de agua que sabían mejor que en cualquier otro sitio.
No eran casas modernas.
No eran casas perfectas.
Pero tenían algo que ninguna otra casa ha vuelto a tener.
Tenían tiempo.
Allí las horas caminaban despacio.
Nadie tenía prisa.
Nadie consultaba el móvil.
Los adultos hablaban después de comer mientras uno jugaba cerca, construyendo recuerdos sin saberlo.
Y eso era la felicidad.
No la felicidad extraordinaria de los grandes momentos.
Sino la felicidad sencilla y silenciosa de no tener ninguna preocupación.
Ahora el verano sigue existiendo, pero ha cambiado de significado.
Antes era un territorio infinito.
Ahora es un paréntesis entre responsabilidades.
Antes daba igual qué día de la semana fuera.
Ahora sabemos perfectamente si es jueves o domingo, porque el lunes siempre espera a la vuelta de la esquina.
Quizá por eso me ha emocionado tanto ver a aquella niña jugando esta tarde.
Porque durante unos segundos he recordado que hubo un tiempo en el que mi única obligación consistía en ponerme crema solar, esperar dos horas antes de bañarme y volver a casa cuando empezaban a encenderse las farolas.
Y, sinceramente, no sé si alguna vez hemos vuelto a ser tan ricos como entonces.
Éramos dueños de algo que los adultos llevamos toda la vida intentando recuperar.
Teníamos veranos interminables.
Y ni siquiera lo sabíamos.