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Tito Bruno

Sinestesia háptica de lo intangible

El partido de la vida

El partido de la vida.

Hoy he soñado que jugaba a fútbol.
Pero no era un partido cualquiera ni un equipo cualquiera. Jugaba en el Real Madrid y estábamos en un clásico contra el Barça. Un estadio inmenso, lleno hasta arriba. Miles de personas gritando mi nombre —o gritándome, sin más—. Compañeros exigiendo, un entrenador dando órdenes, una presión constante que no dejaba espacio para pensar.

Y yo ahí, en medio de todo.

La verdad es que no se me daba especialmente bien. Me veía torpe, poco fino, fuera de lugar. Aun así, conseguía marcar algún gol. No sé cómo, pero lo hacía. Y, curiosamente, no me preocupaba perder o ganar. Tampoco el resultado, ni el marcador, ni la opinión del público.

Lo único que me importaba era otra cosa.

Me preocupaba qué estaría pensando mi padre si estaba viendo el partido por la televisión.

Mientras corría por el campo, mientras escuchaba los gritos, mientras intentaba no equivocarme demasiado, mi cabeza no estaba en el estadio. Estaba en él. En su mirada. En su posible decepción. En si estaría orgulloso o no de mí.

Y al despertar lo entendí.

Ese sueño resume bastante bien la relación que siempre he tenido con mi padre. Ese miedo constante a decepcionarlo. O quizá no miedo, sino algo más profundo y más antiguo: la necesidad de complacerlo. De hacerlo sentir bien. De demostrar que soy suficiente. De ganarme su aprobación incluso cuando nadie me la está pidiendo.

Porque al final, la figura de un padre —en mayor o menor medida— es un referente. Un primer espejo. Alguien cuya opinión pesa más de lo que solemos admitir. Y por eso es tan importante la validación que viene de ahí. No grandes discursos ni exigencias imposibles. A veces basta con pequeñas cosas: una palmada en la espalda, una mirada orgullosa, celebrar un triunfo que, aunque sea pequeño, para ti lo es todo.

Quizá por eso seguimos jugando partidos imaginarios toda la vida.
Quizá por eso seguimos esforzándonos incluso cuando nadie nos lo exige.
Quizá por eso, aun rodeados de miles de personas, seguimos buscando una sola mirada.

La de alguien que nos diga, sin gritar y sin condiciones: lo estás haciendo bien.

Aprender a llorar

Aprender a llorar. Otra vez.

No recuerdo el momento exacto en el que aprendimos a escondernos para llorar, pero sé que fue temprano. Demasiado. Alguien nos dijo que no era para tanto, que no merecía la pena, que llorar era exagerado o feo o impropio. Nos dijeron que los niños buenos no lloran, que había que ser fuerte, que había cosas peores. Y sin darnos cuenta, asociamos el llanto con algo que debía ocultarse.

Llorar pasó de ser un acto natural a convertirse en un gesto vergonzoso. Íntimo. Casi clandestino.

De pequeños todavía llorábamos a escondidas. En el baño, en la cama, con la cara enterrada en la almohada. Pero llorábamos. El cuerpo sabía hacerlo. No había técnica ni control: solo emoción desbordada. Tristeza pura, sin filtros. Y quizá por eso era tan liberador.

Luego crecimos.

Y crecer, muchas veces, significa aprender a contener. A apretar los dientes. A tragar saliva. A respirar hondo para que no se note. Nos enseñaron que ser adulto es no romperse, no venirse abajo, no mostrar grietas. Y así pasamos de escondernos para llorar a algo mucho peor: prohibirnos llorar.

No es que la tristeza desaparezca. Nunca lo hace. Solo aprende a vivir encerrada.

La tristeza sigue ahí, acumulándose, ocupando espacio, reclamando ser sentida. Porque la tristeza no es un error del sistema: es una emoción esencial. Nos conecta con lo que hemos perdido, con lo que duele, con lo que importa. Reprimirla no nos hace fuertes; nos va apagando poco a poco por dentro. Nos vuelve rígidos. Lejanos. Cansados.

Y un día ocurre algo extraño.

Intentas llorar… y no puedes.

Tu cabeza quiere, pero el cuerpo no responde. Las lágrimas no salen o salen mal, de forma torpe, irregular, como si no supieran por dónde ir. Lloras a trompicones, sin ritmo, sin abandono. Aquellos llantos de niño —largos, profundos, descontrolados— ya no existen. No porque no duela lo suficiente, sino porque el cuerpo ha olvidado cómo hacerlo.

Has pasado tanto tiempo conteniéndote que se te ha olvidado soltar.

Hoy he llorado.

Al principio fue así: raro, incómodo, casi frustrante. Pero insistí. Me di permiso. Me quedé ahí. Respiré. Dejé de pelearme conmigo mismo. Y poco a poco algo se aflojó. El cuerpo recordó. La tristeza salió sin pedir permiso, como si llevara mucho tiempo esperando ese momento.

Y después… me sentí mejor.

No porque el problema desapareciera. No porque la pena se hubiera ido. Sino porque la había atravesado. Porque por fin la sentí de verdad. Porque llorar no es rendirse: es procesar. Es permitir que lo que duele haga su recorrido y no se quede atascado dentro.

Creo que llorar es un acto de valentía silenciosa. Un gesto honesto. Una forma de decir: esto me importa, esto me duele, esto me está pasando. Y quizás por eso nos asusta tanto.

Hoy he pensado que quiero volver a aprender a llorar. Que quiero reconciliarme con esa parte de mí que sabe soltarse, que no necesita permiso ni justificación. Porque si no lloras, es como si la tristeza no tuviera espacio para existir. Como si la negarás. Y negar lo que sientes no te hace avanzar; solo te detiene.

Tal vez hacerse adulto no sea dejar de llorar.
Tal vez sea atreverse a hacerlo cuando hace falta

 

Dentro de mi burbuja

A veces me da la sensación de que vivo en una burbuja

Acabo de bajarme del autobús. El trayecto ha terminado, pero no recuerdo haberlo vivido. Sé que he estado allí, sé que he mirado por la ventana, sé que he pensado cosas… pero es como si no hubiera sido yo quien estaba sentado en ese asiento.

Camino por la calle y observo mis propios pasos. Mis piernas se mueven, esquivo a la gente, cruzo cuando el semáforo se pone en verde. Todo funciona. Todo encaja. Pero hay algo extraño: parece que no soy yo quien lo hace. Es como si estuviera viendo una película en primera persona.

A veces siento que vivo dentro de una burbuja.

No es una burbuja física, claro. Es una distancia invisible entre lo que ocurre y lo que siento. Como si mi vida avanzara sola y yo simplemente la estuviera presenciando desde un segundo plano.

No es tristeza exactamente. Tampoco es felicidad. Es una especie de desconexión suave, casi elegante. El mundo sigue su curso y yo cumplo con lo que se espera: llego a los sitios, respondo mensajes, tomo decisiones. Pero hay momentos en los que me pregunto quién está tomando realmente esas decisiones.

¿Soy yo?
¿O soy la versión automática de mí?

Quizá vivimos demasiado rápido. Quizá hemos aprendido a funcionar antes que a sentir. Nos levantamos, nos movemos, producimos, avanzamos. Y en ese avance constante, a veces olvidamos habitarnos.

Tal vez esta burbuja no sea un error, sino una señal. Una pausa involuntaria. Un recordatorio de que algo dentro quiere ser escuchado.

Porque cuando me siento espectador de mi propia vida, en el fondo no estoy dejando de vivir. Estoy tomando conciencia de algo que normalmente pasa desapercibido: que existir no siempre es lo mismo que estar presente.

Y quizá el primer paso para romper la burbuja no sea salir corriendo, sino detenerse. Respirar. Sentir los pies contra el suelo. Notar el aire en la cara. Recordar que este cuerpo soy yo. Que esta vida, aunque a veces parezca ajena, realmente  me pertenece.

Tito Bruno / Ago 2026 / Todos los derechos reservados
Tito Bruno
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